Cuando los educadores vieron a Eddy adaptarse en tiempo real y dirigirse a los alumnos en sus lenguas maternas, la situación cambió. Aparecieron sonrisas. Las conversaciones se detuvieron. La gente se acercaba más. No porque fuera sorprendente que la tecnología funcionara, sino porque quedó claro de inmediato lo que significaba para los estudiantes. Una y otra vez, escuchamos variaciones de la misma reflexión: esto es lo que hace que los estudiantes se sientan lo suficientemente cómodos para participar. Antes de la precisión, antes de la fluidez, hay que haber confianza. La respuesta en el idioma nativo redujo esa barrera al instante. Estos momentos reforzaron algo que también hemos visto en aulas y pilotos. Cuando los alumnos se sienten comprendidos desde la primera interacción, la implicación surge de forma natural. El aprendizaje de idiomas deja de sentirse performativo y empieza a sentirse personal.