Neptuno—durante mucho tiempo imaginado como una joya de zafiro serena y uniforme en el sistema solar exterior—resultó ser todo menos simple cuando la Voyager 2 pasó rugiendo en agosto de 1989. Lo que pensábamos que era un océano profundo y suave de atmósfera azul era en realidad una obra maestra multicapa de química cósmica. En la parte superior se encuentra un vasto velo semitransparente de neblina de gran altitud: pequeñas partículas de aerosol nacidas de la implacable descomposición del metano por la dura luz ultravioleta del sol (fotólisis). Este etéreo manto cubre todo el planeta como un filtro de gasa, dispersando la luz entrante y otorgando a Neptuno su característico brillo luminoso—mientras suaviza y difumina suavemente las características más agudas de las nubes ricas en metano que acechan abajo. A diferencia de la atmósfera más lenta y obstruida por la neblina de su gemelo cercano Urano (que parece más pálido y tranquilo), la capa de neblina de Neptuno es sorprendentemente uniforme de polo a polo. No hay rayas latitudinales dramáticas ni acumulaciones parcheadas aquí. Esta distribución uniforme sugiere poderosas corrientes de circulación global—o quizás feroces motores de calor interno—agitándose y esparciendo esas partículas de aerosol a través de vastas distancias con implacable eficiencia. ¿La recompensa? Esta revelación destruyó suposiciones anteriores y destacó a Neptuno como el verdadero niño salvaje del sistema solar: hogar de los vientos más rápidos jamás medidos (ráfagas que gritan a hasta 1,500 mph), tormentas turbulentas como la desaparecida Gran Mancha Oscura, y una atmósfera mucho más dinámica y turbulenta que la de su hermano helado. La neblina no solo decora—actúa activamente en cómo vemos y entendemos la feroz máquina meteorológica del planeta. Capturada en icónicas imágenes de falso color de la Voyager 2 (usando filtros azul, verde y que absorben metano), la neblina aparece como un brillante borde rojizo alrededor del limbo—donde la luz solar se dispersa muy por encima de la mayor parte de la absorción de metano—mientras que el centro del disco se ve más oscuro y azul a medida que la luz se sumerge más profundamente en un gas que devora longitudes de onda rojas. Un verdadero cambio de juego para la ciencia planetaria: prueba de que incluso los gigantes de hielo más lejanos esconden secretos explosivos bajo su tranquila fachada azul. Fuente: NASA Jet Propulsion Laboratory (JPL) Archivo de la Misión Voyager y el Centro Nacional de Datos de Ciencia Espacial. (Las legendarias vistas de falso color de la Voyager 2 de Neptuno, destacando la capa de neblina planetaria, la dispersión brillante del limbo y las características de las nubes subyacentes en vívido detalle.)