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La Vía Láctea no es tu galaxia espiral promedio; es una espiral barrada, dominada por una masiva barra alargada de estrellas que atraviesa su corazón como una columna vertebral cósmica. Esta barra central no es solo un adorno estructural; es un poderoso motor gravitacional. Observaciones en infrarrojo y radio muestran que canaliza enormes ríos de gas hacia el núcleo galáctico, actuando como un transportador implacable. A medida que este gas se precipita, choca contra nubes densas, provocando compresión e iniciando explosiones de furiosa formación estelar cerca del centro. Este proceso es clave para la historia a largo plazo de la galaxia. La barra canaliza constantemente combustible fresco hacia adentro, provocando frenéticas episodios de nacimiento estelar en el núcleo mientras gradualmente priva al disco exterior de materia prima. A lo largo de miles de millones de años, este reordenamiento interno esculpe la forma general de la Vía Láctea, construye gradientes químicos agudos a través de su disco y da forma a poblaciones distintas de estrellas. Lejos de ser un retrato estático, la apariencia de nuestra galaxia hoy refleja estas fuerzas internas lentas y persistentes, quizás incluso más que las dramáticas colisiones externas. Estudiar la barra de la Vía Láctea también desbloquea conocimientos sobre innumerables otras espirales barradas esparcidas por el cosmos, revelando cómo estos dínamos internos impulsan la evolución galáctica.
(Fuentes: datos de la misión ESA/Gaia, observaciones de ALMA, estudios en Nature Astronomy y The Astrophysical Journal)

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