En mi clase de inglés de instituto, tuvimos que leer cada libro dos veces, una en la primera mitad de clase y luego en la segunda, con el orden de los libros invertido. Recuerdo que me molestó ese concepto, pero al final de la clase lo entendí. La belleza de la ficción es la inmersión en algún aspecto profundo de la experiencia humana. Crimen y castigo fue uno de esos libros: la primera vez que leí, me incliné hacia la historia. La segunda vez, lo experimenté. Recuerdo que la primera vez que seguí el arco argumental, la segunda vez que realmente pude interiorizar la redención. La tendencia de que los profesores ya ni siquiera asignen libros completos va a privar a las futuras generaciones de este don.