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Es, sin duda, una ironía llamativa que el escándalo de Epstein que envolvió a Peter Mandelson —y, por extensión, al gobierno laborista de Keir Starmer— haya provocado llamamientos a la rendición de cuentas desde lo más profundo del partido y la clase mediática.
Irónico, porque muchos de estos mismos personajes ignoraron el hecho de que había como 200 Jeffrey Epstein en la calle aprovechándose de chicas jóvenes desde Rotherham hasta Telford durante décadas.
Sí, las bandas de manipulación involucraban a cientos de perpetradores en red que se aprovechaban de miles de menores, mientras que la operación de Epstein, aunque numerosa en víctimas, se centraba en una figura clave.
Es una locura que el primero apenas arañara la superficie de la rendición de cuentas gubernamental, y mucho menos amenazara con derrocar a un régimen.
Si hace falta Epstein para que la gente finalmente se preocupe por el abuso y la explotación de niñas menores, y para que el Labour sea finalmente derribado, que así sea.
Esta disparidad pone de manifiesto una dura realidad: los escándalos que implican a redes de élite y figuras de alto perfil como Mandelson provocan mucha más indignación y acción que quienes se aprovechan de la clase trabajadora, especialmente entre quienes desesperadamente quieren mantener sus ilusiones sobre el multiculturalismo.
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