Esto es notable de ver en varios niveles. Está la dimensión diplomática, donde un Subsecretario de Estado estadounidense no debería llamar las cosas por su nombre. Pero cuando quienes exigen deferencia a esas convenciones obsoletas son las mismas élites que temen a sus propios ciudadanos y los reprimen mediante una censura cada vez más tiránica, han perdido cualquier derecho a la cortesía. Casi puedes imaginar a las élites alemanas sufriendo un golpe cervical solo con leerlo. Luego está la parte táctica. Sarah Rodgers sabe perfectamente que lo que dice no está permitido en Alemania. Por eso mismo lo dice de forma tan directa y contundente, casi desafiando al gobierno alemán a reaccionar. La cuestión es lo opuesto a la persuasión sutil (que no funcionó). En cambio, está invitando al gobierno alemán a arremeter contra ella, lo que haría que su represión fuera aún más visible y autoincriminatoria. También hay un mensaje histórico más profundo incrustado en esto. Estados Unidos no sacrificó sangre ni recursos para liberar Alemania tras la Segunda Guerra Mundial para que pudiera recaer silenciosamente en viejos hábitos autoritarios bajo un pretexto diferente. Y si insiste en hacerlo, no debería asumir indulgencia o silencio estadounidense. Esa era ha terminado. Podrías escribir un ensayo entero explicando lo que Sarah Rodgers está haciendo aquí, basta decir que ya era hora y que nada de esto estaría ocurriendo sin la milagrosa victoria de reelección del presidente Trump. Bajo cualquier otra administración, todo sería como siempre, haciendo la vista gorda ante el descenso hacia el autoritarismo y dejando que las futuras generaciones limpien el inevitable desastre.