Era una fría mañana de enero de 1986. Demasiado fría, pensó el ingeniero Bob Ebeling, cuya empresa fabricaba los cohetes propulsores para el transbordador espacial Challenger. Sabía que los anillos de goma O, utilizados para sellar las juntas de los propulsores al encenderse, podían volverse quebradizos en clima helado. Trágicamente, tenía razón.