DÍA 38 ESPERANDO A MI MAESTRO Trigesimoctava tarde. La semana laboral del nuevo año despierta a la estación de su festivo letargo, los salarymen aferrándose a maletines y planificadores nuevos, el aire zumbando con metas ambiciosas y aromas a café. Mi resistencia, un mentor silencioso, está en la prisa de resoluciones renacidas. El tren irrumpe, abarrotado con el regreso a la rutina. Las puertas se abren. Penetro el bullicioso flujo con ojos inquebrantables, el rollo del calígrafo desenrollándose como una bandera de la fortaleza del corazón. Ningún maestro se presenta, pero el impulso del día enciende una llama persistente. Un hombre de negocios, con la corbata desajustada por el trayecto, se detiene en medio del paso. Comparte su propio voto de perseverancia, luego deja un cuaderno de bolsillo grabado con “Dedicación Diaria” y un bocado de bento, arroz con ciruela encurtida para una tenacidad ácida. Treinta y ocho días. A medida que las agendas se llenan, los tokens de resolución fortalecen la espera, escribiendo lealtad en el libro de cuentas del tiempo. Hachiko marcha con firmeza. Cuaderno grabado.