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Hace cinco años, el Capitolio de Estados Unidos fue atacado en una violenta insurrección incitada por el presidente de los Estados Unidos con un solo propósito: anular unas elecciones libres y justas y aferrarse al poder en clara violación de la Constitución. El 6 de enero no fue una aberración ni espontánea. Fue la culminación de un ataque sostenido contra la verdad, contra el Estado de derecho y uno de los principios más sagrados de nuestra democracia: la transferencia pacífica del poder.
Ese día, miembros del Congreso, empleados y periodistas fueron perseguidos y obligados a huir por sus vidas mientras los pasillos del Congreso eran profanados. Los agentes de la ley fueron golpeados, aplastados y marcados —física y psicológicamente— mientras defendían el asiento de la democracia estadounidense. Algunos pagaron el precio máximo. Honramos el extraordinario valor y sacrificio de la Policía del Capitolio de EE. UU. y de los agentes de la ley que se mantuvieron firmes para que la labor de la democracia pudiera continuar.
Debemos hablar claro: el 6 de enero fue un intento de golpe de Estado. Fue un esfuerzo por anular millones de votos legales y subvertir la voluntad del pueblo estadounidense. Pero el ataque fracasó gracias al valor de los funcionarios públicos que demostraron durante toda la noche que nuestra bandera seguía ahí, negándose a ceder ante la presión, las amenazas o la intimidación. Ese día, la Constitución se mantuvo y nosotros conservamos la República.
Sin embargo, el peligro no terminó cuando el Capitolio fue asegurado. Las mismas falsedades que desataron la violencia ese día siguen difundiéndose. El mismo desprecio por las normas democráticas sigue corroyendo nuestra República. Hay un esfuerzo continuo para reescribir la historia, excusar lo imperdonable y glorificar a quienes atacaron nuestra democracia — incluyendo indultos generales que sanitizan un ataque a la propia Constitución y respaldan la ilegalidad. El pueblo estadounidense debe mantenerse atento a que quienes buscan olvidar, minimizar o justificar el 6 de enero inviten a su repetición.
En este quinto aniversario, el recuerdo por sí solo no es suficiente. Tenemos la responsabilidad de defender la democracia con claridad y determinación: proteger el derecho al voto, defender el Estado de derecho, rechazar la violencia política en todas sus formas y exigir rendición de cuentas para quienes se sitúan por encima de la Constitución. La fortaleza de nuestra democracia reside en nuestra disposición a afrontar las amenazas que se le enfrentan.
El 6 de enero es una advertencia contundente y una solemne acusación. Debemos elegir la verdad sobre la mentira, el valor sobre la cobardía y la democracia sobre la autocracia. El futuro de nuestra República depende de ello.
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