Una vez que los ancianos ingresan a una residencia de ancianos, básicamente no regresan a casa. Un cuidador que ha trabajado en una residencia de ancianos durante 7 años dice: "Después de tanto tiempo en este trabajo, lo que menos quiero ver es la mirada de los ancianos cuando recién llegan, llena de esperanza, siempre pensando '¿cuándo podré volver a casa?'. Pero sé en mi corazón que de diez personas, nueve nunca volverán." Al principio, los ancianos siempre preguntan cuándo podrán regresar a casa; poco a poco, esas preguntas disminuyen, y en su lugar, hay una tranquila aceptación de la atención que reciben y de la vida actual. Aunque ambos son confiados a cuidadores profesionales, la mentalidad en un jardín de infancia y en una residencia de ancianos es muy diferente. Los niños en el jardín de infancia esperan ansiosos el final de la jornada, siempre hay padres esperando en la puerta; los ancianos en la residencia también esperan al principio que sus hijos vengan a recogerlos, pero luego comprenden que recibir visitas rápidas es la norma. Uno espera la reunión, el otro se adapta a la separación. Los niños en el inicio aprenden a conocer el mundo, los ancianos en el final aprenden a despedirse, la misma espera oculta preocupaciones en direcciones opuestas.