Gran parte de la argumentación liberal en los últimos 15 años no se ha basado en presentar un caso sólido desde el punto de vista factual o incluso en desarrollar una narrativa ideológica convincente, sino más bien en crear la ilusión de consenso. Por eso la cultura de la cancelación adquirió tal fuerza: realmente no les importaba si creías lo que decían o si podías demostrar que algo era falso o infundado. Lo que importaba era mantener la ilusión de consenso porque esa era realmente la base de su poder y legitimidad. ‘Todos estamos de acuerdo’, etc. Una vez que ‘todos están de acuerdo’, todo lo demás es un detalle incidental y ni siquiera tienes que molestarte en litigar los pormenores.