La paradoja de la bendición es que cada regalo de Dios viene acompañado del peso de una corona que nunca pediste llevar. Ser elegido es ser marcado, ser bendecido es cargar con el terrible conocimiento de que ahora le debes al mundo algo que no puede nombrar, y en el momento en que recibes lo que rezaste te das cuenta de que te has convertido en responsable de todos los que aún se arrodillan en la oscuridad suplicando la misma luz