Scott Adams abrió nuevos caminos con la muerte. Grabando su espectáculo hasta su último aliento, hizo algo extraordinario. Invitó a quienes le amaban a su salón, los guió a través de su dolor, los preparó para su inevitable muerte y sin ocultar ninguno de los estragos de la enfermedad que le había afectado. De alguna manera, lo hizo todo con dignidad y estoicismo notables. Hace solo unos días se reía a pesar del dolor mientras los invitados hacían cola para pasar tiempo con él. Era notable de observar. Ninguna pista de un hombre que ponga los asuntos en orden o busque garantías o elogios de última hora. Más bien, era como un padre consolando a sus hijos. Para documentar su declive y muerte, sus interacciones humanas y dar cierre a quienes sabía que más lo necesitarían, hizo lo imposible: hizo noble morir en directo. Un final extraordinario para una vida ya de por sí extraordinaria.