Había un hombre que corrió rápido toda su vida. Corrió más allá de sus hijos, de su esposa, de sus comidas y de sus mañanas. Estaba construyendo algo. No sabía qué. Un día, su pecho se apretó y no pudo correr más. Se tumbó en una cama y miró el techo y, por primera vez, estuvo quieto. Y en su quietud vio todo lo que había estado dejando pasar. Y lloró. No porque estuviera muriendo, sino porque no había estado viviendo.