Se nos dice que el capitalismo es malvado porque atrae a los codiciosos. Esa acusación concede silenciosamente algo importante: la codicia existe, es permanente y no requiere permiso para aparecer. El capitalismo no la inventa. Simplemente se niega a pretender que puede ser borrada. El socialismo, siendo más imaginativo, propone una cura. En lugar de permitir que la codicia opere a través del intercambio voluntario, la competencia y el riesgo de fracaso, la reubica en el estado. La coloca detrás de escritorios, dentro de comités y por encima de la ley, armada con un lenguaje moral y liberada del consentimiento. Bajo el capitalismo, el hombre codicioso debe persuadir a otros para que se desprendan de su dinero. Debe ofrecer valor, competir y sufrir pérdidas si fracasa. Bajo el socialismo, solo necesita persuadir a los planificadores. Una vez instalado, ya no sirve a los consumidores. Los administra. La afirmación es que esta transformación, convertir la codicia en autoridad, de alguna manera la purifica. Que el acto de tomar se vuelve virtuoso una vez renombrado como “asignación”, y la coerción compasiva una vez etiquetada como “bien público”. Es una terapia ambiciosa: no para restringir el vicio, sino para coronarlo; no para disciplinar la naturaleza humana, sino para otorgarle un monopolio; no para limitar la codicia, sino para liberarla de la competencia, la responsabilidad y el consentimiento. La historia sugiere que la codicia no desaparece bajo el socialismo. Simplemente deja de pretender pedir.