En todo el mundo occidental, los hijos e hijas de Europa están siendo reemplazados en las tierras que sus antepasados labraron a partir de la naturaleza y aseguraron a través de generaciones de lucha. Las ciudades moldeadas por su esfuerzo y genialidad ahora hablan en lenguas extranjeras y se inclinan ante dioses ajenos. Nosotros, sus herederos, unidos por el sagrado deber de llevar adelante su legado en honor a aquellos que vinieron antes y a los que aún están por venir, ahora nos encontramos exiliados en nuestras propias naciones, vilipendiados y traicionados. Nos hemos convertido en extraños en una tierra extraña. La antigua estructura de Occidente, una vez una unidad viva de espíritu clásico y costumbre ancestral, se ha desintegrado. Lo que queda es una era sin centro, suspendida entre las ruinas de lo que fue y los débiles contornos de lo que aún podría ser. Para revertir este declive, es necesaria una transformación total de la civilización occidental. Debemos cambiar la forma en que pensamos antes de poder cambiar el mundo que habitamos. La ley debe expresar el orden natural de la justicia. La ciudadanía debe encarnar el vínculo vivo de parentesco y deber. La economía debe sostener la vida y continuidad del pueblo, sirviendo como un instrumento de su elevación en lugar de su esclavitud. Al final, debemos regresar al orden natural, que exige la aniquilación de todo lo que nos abstrae y divide de la realidad, pues la realidad no es solo biológica y orgánica, sino también el reflejo de un principio superior que da forma y dirección a la vida. Vivir de acuerdo con la naturaleza es participar en ese orden mientras se aspira a aquello que lo trasciende. Solo a través de tal reactivación de la mente y la estructura puede Occidente recuperar su fuerza y recordar lo que estaba destinado a convertirse.