El asesinato del joven Quentin Deranque en Francia es un hecho que conmociona y duele profundamente. La muerte de un joven de poco más de veinte años, atacado por grupos atribuibles al extremismo de izquierdas y abrumado por un clima de odio ideológico que atraviesa varias naciones, es una herida para toda Europa. Ninguna idea política, ninguna oposición ideológica puede justificar la violencia ni transformar la confrontación en agresión física. Cuando el odio y la violencia sustituyen al diálogo, la democracia siempre pierde.