En mi opinión, las criptomonedas murieron en el momento en que dejamos de ser curiosos y empezamos a ser extractivos. Cuando pasó de madrigueras de conejo nocturnas y experimentos anónimos a calendarios de contenido, embudos de monetización y marcas personales. La magia nunca estuvo en los ingresos. Estaba en el caos, la obsesión, la sensación de que llegabas pronto a algo que ni siquiera tenía nombre aún.