Esta es una descripción bastante directa de la política de izquierdas, cuyo objetivo es ser lo más molesto, disruptivo y repulsivo posible, para que la gente normal que solo intenta ir al trabajo, a la iglesia y al colegio ceda a tus demandas. Han codificado esta moralidad invertida en el núcleo de su proyecto político y por eso ya no responden a las críticas ordinarias sobre la legitimidad de su comportamiento. Si el objetivo es ser disruptivo y destructivo (quizá incluso violento), entonces está bien cuando la gente te llama disruptivo y pesado.