Tu dinero merece la misma privacidad que esperas del efectivo, incluso en la cadena de pago. Cuando entregas un dólar en efectivo, nadie sabe para qué es, a dónde va o quién lo recibe. Por defecto es privado. Pero en el momento en que el dinero se digitaliza, esa privacidad desaparece. Cada pago de alquiler, factura médica, matrícula o traslado familiar puede dejar un rastro público permanente, en los vías tradicionales de pago; la privacidad no es una característica, es una ocurrencia secundaria. Para los individuos, esto significa perder el control sobre lo que otros pueden ver de sus vidas. Para las familias, puede significar exponer patrones financieros que preferirías mantener personales. Para las empresas, los datos públicos de pago pueden revelar estrategias sensibles, nóminas o relaciones con proveedores. La privacidad no debería ser opcional, debería estar integrada. Las stablecoins privadas resuelven este problema. Mueven dinero como efectivo, instantáneamente, digitalmente y globalmente, manteniendo los detalles de las transacciones cifrados. El destinatario ve los fondos, los auditores pueden verificar su legitimidad, pero los externos no ven nada. Esto va de empoderamiento. Sobre dar a las personas la capacidad de realizar transacciones con confianza sin preocuparse de que cada transferencia se convierta en un dato para terceros, empresas o gobiernos. Se trata de construir sistemas financieros donde la privacidad no sea un privilegio, sino la expectativa básica. Porque el dinero, en esencia, es personal. Y la privacidad no debería ser opcional.