Si no te gusta hablar con ellos, no te cases con ellos. Necesitas ese impulso ardiente, casi infantil, de contarles lo del perro extraño en la parada del autobús, de cómo casi tropezaste en la esquina, o simplemente de reírte de lo terrible que fue el desayuno. Porque la vida acaba siendo enormemente aburrida, y la persona adecuada hace que incluso los momentos mundanos merezcan la pena compartir.