El humo negro que cuelga hoy sobre Teherán oculta un peligro mucho mayor que las propias explosiones y es algo que debería aterrorizar a todos en la región. Esa lluvia pegajosa que cae del cielo es en realidad un cóctel químico tóxico que puede llegar al cerebro humano y causar daños permanentes en cuestión de minutos tras la exposición. Mientras el mundo observa el incendio, el verdadero desastre se extiende silenciosamente con el viento y envenena el agua de la que dependen millones de personas para sobrevivir. Estamos presenciando el inicio de otro tipo de guerra, donde el aire se convierte en el enemigo supremo y los daños podrían durar cientos de años.