Domesticar a un niño para que sea una persona obediente solo por tu propia conveniencia es la mayor crueldad hacia su futuro. Si no puedes ser el paraguas protector de su vida, debes enseñarle cómo lidiar con el mundo. La verdadera educación no consiste en suavizar las aristas del niño, sino en permitirle crecer colmado de bondad y a la vez con dientes afilados, siendo tanto suave como el jade, como resistente como el acero.