Todos los caminos llevan a Roma, no porque el viaje sea fácil, sino porque el destino nunca se apresura. Cada fracaso, cada duda, cada noche en la que te preguntas a ti mismo, son solo otra piedra en el camino que pisas. El mundo intentará arrastrarte al caos, los susurros te aconsejarán detenerte, las sombras te harán creer que el camino ha desaparecido. Pero Roma enseña otra verdad: el camino nunca desaparece—simplemente espera. Espera a aquellos que persisten en avanzar. Espera a aquellos que se levantan de nuevo cuando otros caen. Espera a aquellos que eligen la fe en lugar del ruido, la creencia en lugar del miedo. Los imperios nunca se forjan en la comodidad. Se forjan en el fuego, en el fracaso, en esos momentos que parecen imposibles, sólo las almas tenaces pueden sobrevivir. Así que, si algún día te sientes pesado, si el mundo es ruidoso y ensordecedor, si el camino por delante es confuso—recuerda: sigues en el camino. Sigues avanzando hacia ese destino inevitable. Mientras sigas dando pasos, Roma vendrá hacia ti a mitad de camino. Porque el destino se doblará,...