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Aprender resiliencia podría ser el retorno fundamental del skate.
A diferencia de la mayoría de los deportes, el skateboarding está estructurado en torno al fracaso. Caes cientos de veces antes de aterrizar algo una vez. El progreso no es lineal, no está guiado ni está garantizado. No hay árbitro que reinicie el juego ni profesor que marque el ritmo del currículo. Eliges el truco, eliges el lugar, eliges el riesgo.
La junta enseña la microexposición al miedo. Te pones sobre algo que se mueve, sobre el hormigón, y le pides a tu cuerpo que lo intente igualmente. Cada golpe entrena tu sistema nervioso para que el dolor sea soportable y que la vergüenza sea temporal. Te vuelves fluido para levantarte sin ceremonias.
El skateboarding también rompe el ciclo de obediencia. No hay temario. Aprendes observando, copiando, fallando y desarrollando tu propio estilo. Eso genera agencia. Dejas de esperar permiso para intentarlo y dejas de necesitar aprobación para comprometerte.
Así que sí. Obtienes equilibrio y forma física. Pero la recompensa más profunda es la insensibilidad psicológica. La confianza tranquila de que puedes comer hormigón hoy y presentarte mañana. Eso se acumula mucho más que cualquier truco.
La resiliencia no es un efecto secundario del skate.
Es el currículo.
Y por eso empecé a @gnars_dao hace casi 4 años. Si patinas, únete a nosotros.

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